Me imaginaba, sin duda, puesto que mi pereza me había inculcado el hábito, cuando del trabajo se trataba, de postergarlo día tras día, que también la muerte podría posponerse de igual modo.
lunes, mayo 25, 2009
domingo, mayo 10, 2009
Dos poemas de Arquiloco
El mercenario lleva todos sus activos entre el pecho y la espalda. Una estocada rápida, de no más de cinco centímetros de profundidad, y los activos y su dueño —en menos de lo que dura un parpadeo— desaparecen como si nunca hubieran existido. El hecho impregna la vida del mercenario de una melancolía que ninguna soldada pueda disipar. Esa melancolía es el tema principal de Arquíloco (siglo VII a. C.), que fue mercenario toda su vida. El poema que sigue es un buen ejemplo de ello. Y lo presento aquí en mi versión.
La queja del mercenario
Me dan dentera
esos oficialillos barbilindos
que se pavonean por el campamento
con sus escudos labrados,
al aire las cabelleras
perfumadas.
Creen saber ya
todos los secretos
del arte militar.
Yo prefiero
mil veces a esos otros camaradas
chaparros, peludos y burdos,
y que recién llegados del surco
no te traicionan
en el campo de batalla.
Con sus piernas velludas
y zambas
siempre acuden si en las refriegas
te ven en apuros.
Esos camaradas,
hediondos a mierda
y a sudor, son para mí
más elegantes y bienolientes
que todos los aristócratas
de Atenas juntos.
Dame, oh Palas
Atenea, memoria
y que recuerde yo el nombre
de aquel agricultor pestilente
que me salvó la vida cuando estaba
un espartano a punto de degollarme.
Prefiero mil veces
a esos soldados chaparros
peludos y burdos,
que recién llegados del surco
no te traicionan en el campo de batalla.
Cada uno de esos compañeros,
con sus piernas cortas y zambas
es, de la cabeza a los pies,
todo corazón. ~
Autorretrato
En mi lanza
llevo ensartados panes.
Por mi lanza
escurre vino de Ismaros.
Apoyado en mi lanza,
de pie, en el alto,
sano, sereno, impasible,
como y bebo. ~
Versión y notas de Jorge Hernández Campos.
Fuente: Letras Libres.
La queja del mercenario
Me dan dentera
esos oficialillos barbilindos
que se pavonean por el campamento
con sus escudos labrados,
al aire las cabelleras
perfumadas.
Creen saber ya
todos los secretos
del arte militar.
Yo prefiero
mil veces a esos otros camaradas
chaparros, peludos y burdos,
y que recién llegados del surco
no te traicionan
en el campo de batalla.
Con sus piernas velludas
y zambas
siempre acuden si en las refriegas
te ven en apuros.
Esos camaradas,
hediondos a mierda
y a sudor, son para mí
más elegantes y bienolientes
que todos los aristócratas
de Atenas juntos.
Dame, oh Palas
Atenea, memoria
y que recuerde yo el nombre
de aquel agricultor pestilente
que me salvó la vida cuando estaba
un espartano a punto de degollarme.
Prefiero mil veces
a esos soldados chaparros
peludos y burdos,
que recién llegados del surco
no te traicionan en el campo de batalla.
Cada uno de esos compañeros,
con sus piernas cortas y zambas
es, de la cabeza a los pies,
todo corazón. ~
Autorretrato
En mi lanza
llevo ensartados panes.
Por mi lanza
escurre vino de Ismaros.
Apoyado en mi lanza,
de pie, en el alto,
sano, sereno, impasible,
como y bebo. ~
Versión y notas de Jorge Hernández Campos.
Fuente: Letras Libres.
sábado, mayo 09, 2009
Parto
Soy la bestia que rehuye
de su propio aliento.
La entorpecida y ciega bestia
que brotó en un cascarón de lodo.
No resisto el peso de mi cuerpo,
mis pasos no resisten
y persigo todo,
vagamente,
sin definir mi trayectoria.
(Conserva incluso el polvo una trayectoria.)
Dios me parió de espaldas
y las moscas me coronan a la sombra.
de su propio aliento.
La entorpecida y ciega bestia
que brotó en un cascarón de lodo.
No resisto el peso de mi cuerpo,
mis pasos no resisten
y persigo todo,
vagamente,
sin definir mi trayectoria.
(Conserva incluso el polvo una trayectoria.)
Dios me parió de espaldas
y las moscas me coronan a la sombra.
jueves, mayo 07, 2009
yo no tengo más que las palabras
Porque yo no tengo para darte más que las palabras
y mi cuerpo que se debe a tus caricias.
Lleno mis manos con palabras pues es esto lo único que sé,
el clavo y la madera con que armo los cimientos
de la cama que ha de cobijarte.
Lleno mi boca con palabras como leche tibia, el alimento,
el agua clara con que lavaste mi pequeño rostro
tantas veces. ¿No me debo a ti, madre,
no me debo a ti que me entregaste un poco de tu aire
y susurrante, pediste que me irguiera como un hombre?
Porque él hombre se halla destinado
a saber de todas su raíces
y mis manos, y mi boca, y mis labios,
y mis ojos –la mirada–,
y mis brazos y mis piernas y mis plantas y mi voz,
todo a ti se debe, madre,
todo a ti que me tienes a tu lado
aun en la distancia, tú que conservas para mí
el abrazo promisorio,
la caricia promisoria que me cura, las palabras,
el consuelo de mi carne dolorida,
madre, y yo te amo, como el sol ama en silencio
a quienes beben de su luz,
y estás aquí, y te descubro siempre
como el más alto tesoro de mis días.
miércoles, mayo 06, 2009
Anecdotario del poeta
3
Sentado y meditoso, con un cigarro grande, elemental como el humo que desprende aquella hoja que está a punto de ser arrebatada de su blanca faz, casi de virgen, el poeta cuenta que durante sus últimos días de universitario, preso de tareas más jugosas que los académicos deberes, tuvo a bien disponer de su talento y ejecutar en cuatro horas la titánica tarea de escribir los ensayos necesarios para aprobar la materia que versaba en copiosas biografías de autores cuyo estilo bien se había rebasado. El Queridísimo (nombre que adoptó de las multitudes que lo aclaman), vistió su ahora legendaria bermuda y su playera Libais, traída de las tierras de comercio de chapines y extrangeros aledaños. Bien sabía que sus métodos, que a ortodoxia no aspiraban, terminarían en rutina: con la compu a solas, con la mano en la entrepierna, halló no sabe cuánto placer en la pantalla y, oh prodigio de costumbre, alternó su verbo hecho de vértigo y de fuego con las hembras de la Red, cercanas cual ninguna, tantas veces añoradas, utilizadas sin rencor alguno en tanto los deberes le apretaban el pescuezo: "Es la única forma que encuentro para que el amor sobreviva en estos tiempos. La fuente del placer está dentro de ti, lector, y no lo sabes."
Sentado y meditoso, con un cigarro grande, elemental como el humo que desprende aquella hoja que está a punto de ser arrebatada de su blanca faz, casi de virgen, el poeta cuenta que durante sus últimos días de universitario, preso de tareas más jugosas que los académicos deberes, tuvo a bien disponer de su talento y ejecutar en cuatro horas la titánica tarea de escribir los ensayos necesarios para aprobar la materia que versaba en copiosas biografías de autores cuyo estilo bien se había rebasado. El Queridísimo (nombre que adoptó de las multitudes que lo aclaman), vistió su ahora legendaria bermuda y su playera Libais, traída de las tierras de comercio de chapines y extrangeros aledaños. Bien sabía que sus métodos, que a ortodoxia no aspiraban, terminarían en rutina: con la compu a solas, con la mano en la entrepierna, halló no sabe cuánto placer en la pantalla y, oh prodigio de costumbre, alternó su verbo hecho de vértigo y de fuego con las hembras de la Red, cercanas cual ninguna, tantas veces añoradas, utilizadas sin rencor alguno en tanto los deberes le apretaban el pescuezo: "Es la única forma que encuentro para que el amor sobreviva en estos tiempos. La fuente del placer está dentro de ti, lector, y no lo sabes."
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