lunes, octubre 25

72 horas


El diagnóstico fue claro:
volvería a reencontrarla.
Tomé al tiempo —lacerada bestia—
y bauticé con pulcritud
mi cuerpo en sus aceites.
La evidencia en mis pupilas
logró desempolvar el saco y la corbata
para tales ocasiones.
(Habité de nuevo ese crujir
de los enseres olvidados.)

Presa de piel para el aceite,
mi mano reflejó el ácido perfume
que había sellado, en su caída,
el pacto del decoro.

Hecho casi un hombre en el ahora,
este reencuentro era un prodigio diferente,
un elixir, un regalo elaborado
para quien festeja un año más sobre la tierra.

Poco recuerdo de su nombre,
ahora en manos de otro rostro.
Ebrio de gestos, su cuerpo era una fiesta:
la ondulante tersura en sus cabellos,
yo trataría en el instante
de estrecharla (asirla, no lo sé),
no daría vuelta atrás
buscando una respuesta a su tropiezo,
buscaría ver al fondo de sus ojos
la mirada del animal atrapado
que no sabe si atacar o aceptar
que su fin era la trampa;
le haría (quizá) un par de peticiones,
trataría, en lo imposible,
de charlar desaforado
un par de horas con sus ruinas,
elevar una plegaria
(aunque no soy tan religioso)
y esbozar,
con la maestría que sólo la paciencia nos otorga,
un claro adiós que cumpliera todas sus expectativas.